Ana, como no recordarla, si el día en que la conocí el mundo y todo lo que me rodeaba desapareció como si algo sobrenatural me sometiera.
No me importó su figura, la cara cubierta de pecas ni los mechones de pelo rojizos quemados por tanta tintura. Tal vez fue su mirada, profunda, inquisidora. O su andar desgarbado, sacudiendo el aire a su alrededor, como si no le importara que el resto del mundo existiese.
Llevaba puestos unos pantalones sueltos, azules. Una camisa larga que sobresalía por debajo del buzo con la inscripción del colegio. Egresados 2004.
Tan atónito quedé ante su presencia que no alcancé a oír la bocina del auto que rozó mi bicicleta. Me desplomé sobre el asfalto. Ana se paró frente a mí, observándome con una mezcla de lástima y ternura, me tomó de la mano para ayudarme a retomar la verticalidad y me dijo, -la próxima vez tené un poco mas de cuidado-.
El roce de su mano me conmovió. Para mi asombro, dejé escapar una frase cursi. Mientras me incorporaba, mirándola a los ojos, le susurré.
-Nunca tuve un encuentro con una mujer tan hermosa-.
Creo que le dije algo así o tal vez parecido. Lo cierto fue que mis palabras le provocaron una risa sonora y contagiosa, yo me acoplé al festejo.
-Es una de las frases mas ridículas que escuché, me dijo sin dejar de reírse.
-Los aparatos para corregir la posición de los dientes me resultaron apropiados para su estilo tan particular-.
Ante su sentencia sentí temor de que ese fuese un efímero contacto, que continuaría el camino hacia el colegio pensando que se había cruzado con un tipo raro que por solo verla casi le había dicho que estaba enamorado de ella.
Súbitamente abandoné la bicicleta y aceleré mis pasos hasta alcanzarla.
-Disculpame, le dije, no quise incomodarte
-Incomodarme, no, fue muy divertido, ¿siempre hablás así?
-Confieso que soy un poco romántico. Cursi tal vez, pero nunca le dije a una chica algo semejante.
¿Y porque a mi? Mirá que tengo espejos en mi casa y estoy muy lejos de ser una belleza, ¿no deberías usar anteojos?
Los llevaba en la mochila, solo los usaba cuando no distinguía el numero del colectivo o el nombre de una calle. Por vergüenza y para evitar el bulling de mis compañeros, me había acostumbrado a un mundo difuso. Completaba las escenas con una dosis de imaginación.
¿Es lo que me estaba sucediendo en ese momento? Mi mente, por cuenta propia, había encontrado a la mujer de mis sueños. No estaba dispuesto a corroborarlo, mis anteojos quedaron en la mochila.
La realidad suele ser cruel, injusta con algunas personas que adolecen de un aspecto que la sociedad define como lindo o feo. Ana me había gustado y solo me importaba esa sensación de felicidad que me invadía con tan solo verla. Porque ahondar en detalles que nada me aportarían y menos un par de cristales que solo pondrían en perspectiva una realidad tan innecesaria como injusta.
Al día siguiente la esperé en el mismo lugar, imaginé que era su recorrido habitual, fueron minutos eternos, me puse los anteojos y la vi venir hacia mí con su andar desgarbado, sus pantalones anchos y el buzo del colegio un par de talles mas grande.
A medida que se acercaba mis anteojos volvieron a su lugar. Sonrió al verme, buena señal pensé. Estás hermosa le dije.
Estoy igual que ayer respondió, tal vez un poco mas gorda. Anoche festejamos el cumple de mi viejo. Comimos paella, muero por la paella. También por la torta rellena de dulce de leche que preparó mi mamá, estaba deliciosa.
Me acerqué para darle un beso y noté que la paella había estado bien condimentada, tanto, que ni siquiera el dulce de leche de la torta pudo neutralizar.
Lejos de molestarme me pareció que formaba parte de su personalidad y que, si quería conquistarla, debía aceptarla tal como era.
Al comienzo del verano nos pusimos de novios, nos encontrábamos para caminar hasta la plaza, tomar un helado y apretar como se decía en esa época. Empezamos a ir a bailar a un boliche del barrio. Esa noche me percaté que a su halitosis se sumaba un fuerte olor a transpiración que el Rexona no lograba mitigar. Los efluvios no terminaban ahí, era una persona libre y por lo tanto “liberaba” todo aquello que su cuerpo dejaba de sentir como propio.
Pasaron los días, semanas y un par de meses. Me esforzaba por compensar con mi amor todas sus expresiones físicas, inadecuadas pero naturales en ella.
Con el tiempo mi aceptación empezó a claudicar. Su aspecto dejó de resultarme tan maravilloso, ya no la veía tan hermosa. Mi tolerancia a sus efluvios hicieron mas difícil aceptarla tal como era.
¿Habrá influenciado la insistencia de mi oftalmólogo en que use lentes de contacto? -Solo te los sacás para dormir me ordenó, la miopía esta avanzando y todavía sos joven para operarte-.
Las lentes de contacto me mostraron un mundo nuevo, mas nítido, mas colorido. Pero. El cuerpo de Ana, que imaginaba perfecto, ya no lo era tanto. Las simpáticas pecas se transformaron en manchas desagradables. Su andar desgarbado me parecía poco elegante y el exceso de peso me perturbaba. Para colmo su dieta no colaboraba para hacer mas tolerable sus percances digestivos.
Ana notó el cambio, nuestros encuentros se fueron espaciando. Cada uno fue inventando una excusa. Ella que debía estudiar para los finales. Yo que había incrementado las clases de tenis.
Fue un proceso de despedida en cámara lenta, un desencuentro provocado por no poner en palabras a lo que cada uno sentía.
Fui un cobarde y prejuicioso porque Ana siempre me aceptó tal cual soy o era. Nada del otro mundo, un chico común, petiso, con anteojos, medio regordete y lleno de pecas. Y, sobre todo, con los mismos accidentes estomacales que tanto criticaba de ella.
No me animé a hablarle de sus defectos. Que derecho tenía yo a cambiarla, la había conocido así.
Fueron las lentes de contacto, no tengo dudas. Fue mi oculista quien me abrió los ojos y me cerró el corazón.
Reconozco que el mundo que imaginamos es mas amigable. Ver nos impide mirar. Y yo no quise mirarla tal cual era, solo la vi.
Hoy siento que mas allá del final, ausente de rencores, Ana fue el amor de mi vida. Nunca sentí por una mujer lo que ella producía en mí. Fue mágico y como suele suceder, la magia es efímera.
Años después conocí a Claudia, nos casamos y formamos una linda familia.
Pero no fue lo mismo. Ana deambula en mis recuerdos mas sentidos, aquellos que nos hacen emocionar como si los estuviésemos viviendo nuevamente.
Fui injusto y cruel, le di la esperanza de que su aspecto y sus costumbres no importaban, que nuestra relación estaba mas allá de mis prejuicios, que a mi lado podía ser ella sin condiciones.
Nunca mas nos vimos, yo me mudé del barrio, supe que ella había viajado al sur con una ONG dedicada a la conservación de las especies autóctonas. Pero. Como si mis pensamientos la hubiesen corporizado, esta mañana la vi pasar caminando por la vereda de enfrente de mi taller de reparación de bicicletas.
La operación de miopía había sido un éxito y no podía equivocarme, era ella.
Conservaba su andar desgarbado, llevaba un vestido suelto que disimulaba en parte su exuberante cuerpo. El pelo corto, algo canoso.
Por un instante nos cruzamos las miradas. Ambos titubeamos. El presente disfrazado de pasado me conmovió. Atiné a llamarla. Su nombre quedó ahogado en mi garganta.
Re re re lindo! También un poco peligroso. Sirve para auto mirarse? Sin juzgarse?
Muy dulce y con una dura realidad de verse uno mismo y tratar de ver al otro sin lentes de contacto!!😊😊
Lo bueno si breve , dos veces bueno…Héctor me encantó. Gracias por hacérmelo llegar.!!! Abrazo enorme y felicitaciones de este lector entusiasmado !!!😀