Cosas del querer

Una imagen familiar, una conversación recurrente, mientras desde la pantalla de Netflix, una película con argumento repetido por el algoritmo, se confunde con la conversación hasta que alguno de los dos decide  bajar el volumen y luego apagar el infernal aparato que hace que las familias crezcan digitalmente haciendo de la comunicación verbal, una utopía.

Silvina

Te quiero, ¡!siempre me preguntás lo mismo!!

No siempre te quiero, me parece que sí, pero no.

No es frecuente que no te quiera, son periodos, días o semanas en que a pesar de que me esfuerzo, no logro quererte. Te quiero de otra manera, como quiero a mi hermano o a un amigo.

Otras veces te quiero como a mi primo que vive en Belgrano, es un tipo agradable, querible. Cuando se pone pesado quejándose de la mujer y los hijos lo quiero menos, hasta lo detesto.

Aun así, la mayor parte del tiempo, mi manera de quererte es estable. A veces me surge la duda. Dudo en si te quiero o te soporto. O que no me queda otra. Me pasa  como con mi tío Mariano. Es mi padrino y tengo cierta obligación de quererlo. La misma que me obliga a invitarlo a mi cumpleaños. Es una manera de querer impuesta, yo no lo elegí como padrino pero ahí está, con sus chistes pelotudos y su risa ausente de cepillado. Lo tengo que querer y punto.

No es que esté obligada a quererte pero el tiempo pasa y tus mañas, tus olvidos, tu carraspera, –¡ tu carraspera!–, me reduce la voluntad de quererte.  

Cuando por las noches roncas como un cerdo, no solo no te quiero sino que te mataría Sí, te taparía la nariz con mis dedos hasta que dejes de respirar. Por suerte, para vos, te das vuelta y dejás de roncar hasta que me duermo.

Me decís que no te sentís querido, me apena no poder demostrártelo todo el tiempo, no me resulta fácil. Ya sé que quererte no debería ser un acto de voluntad sino que tiene que surgir naturalmente. Pero. Quedate tranquilo. Por el momento no tengo pensado dejar de quererte.

Mi amor por vos se compone de días que sí, días que no y algunos que puede ser o que tal vez. ¿Inestable?, Si ¿Adrede?, No.

Amarte a diario  no es igual que cuando me enamoré de vos, requiere perseverancia, es una elección cotidiana, una certeza, que no tengo. Además, no es algo menor, que el destinatario de ese amor posea los atributos que nos provoque –querer quererlo–.

No hablo de belleza física, que por supuesto y no está de más que te diga que desde que retomaste el gimnasio, parecés diez años más joven.

Vaya si ayuda la belleza, despierta los deseos más primitivos y el amor se manifiesta como consecuencia. Sostenerlo en el tiempo es el desafío, es en lo que me empeño al día siguiente.

Cuando veo pasar al nuevo vecino me desarmo, ¡cómo me cuesta quererte en ese momento!. En realidad ni me acuerdo de vos. ¿No me digas que no te pasa lo mismo con la novia de tu hermano?. ¡Veinte años menos!.

Volviendo a vos, a nosotros, porque yo también soy parte de esta situación. Trataba de explicarte o mejor dicho hacerte saber, si te quiero y de qué manera  o también como lo verbalizo. Te quiero profundamente cuando podemos revivir el romance del primer año o algún recuerdo o acontecimiento me hacer evocar, cuanto te quería en ese momento.

No puedo asegurar que sea lo mismo pero ese recuerdo me hace sentir un amor distinto al que siento a diario. A veces dura. Es cuando siento que te quiero en forma ininterrumpida . Hasta que por alguna circunstancia o enojo o pelea mi registro de amor desciende. En esos momentos hasta te odio y deseo no volver a verte. Por suerte me doy cuenta al instante que es exagerado y vuelvo a quererte un poquito, no mucho.

De nuevo mi amor se vuelve doméstico. Te quiero como a mi primo Agustin, al que no veo hace dos años y sino no lo vuelvo a ver me da igual. Te quiero como a nuestra vecina, tan amable y conversadora. Como a don Julio o tu prima Gloria cuando nos trae los canelones recién hechos y me obliga a  que le tenga que agradecer diciéndole, te quiero.

Es amor en todas sus expresiones y creo, no postulo, pero estoy segura que es la forma en que todos queremos. Nuestra cuota de amor se adecúa a momentos, enojos y reconciliaciones. En vacaciones, aunque peleamos, nos queremos más. Hasta el sexo es mas frecuente. Los chicos juegan durante todo el día y tenemos esos momentos especiales para nosotros. Mi nivel de amor esta casi al tope.

Cuando volvemos a la rutina diaria, vos al trabajo y yo a la casa, los chicos, las reuniones de la escuela, mi vieja con sus mañas, dejo de quererte pero no solo a vos, dejo de querer a todos, hasta dudo de querer a los chicos y a mi madre. ¡Claro que los quiero!. ¡Pero a veces no!.

Se que no es la definición que me pediste, hasta yo estoy confundida con lo que acabo de decir. En este momento no me quiero nada.

¿Cómo voy a quererte si ni siquiera puedo quererme yo?

Faltaría que vos me dijeras si me querés, pero no quiero correr el riesgo.

Daniel

Yo tampoco quiero correr el riesgo de definir algo tan trascendental como resumir en dos  palabras el sentimiento hacia otra persona y en especial hacia quien elegí para transitar el desafío de ser pareja

Claro que te quiero pero tomo mis recaudos. Hace un tiempo, cuando me di cuenta de estas idas y venidas, este amor inestable y hasta enfermizo tomé la decisión de no tener armas en casa. Cuando estoy en modo –no te quiero–, al borde del,– te aborrezco y te odio–,  la tentación puede ser muy intensa en especial si transitamos por esos periodos frustrantes. Cuando a la persona que minutos antes le decías te quiero y al instante te provoca asesinarla. Como bien contás, son momentos  en que la razón da paso a la furia y no contar con un elemento contundente, evita una tragedia.

Pero. Si vamos a definir el querer como verbo te puedo asegurar que te quiero. ¿Todo el tiempo? –Sabés que no–. Nos damos cuenta por la mirada y los gestos cuando somos inmunes a los besos, las caricias y los halagos. Cuando esto sucede, es evidente que no quiero recibir de vos ninguna muestra de que me querés. No sé a vos pero a mí me dura poco. Depende. Volver a quererte se me hace cuesta arriba pero mi voluntad supera el enojo y casi siempre, el sexo de reconciliación, funciona.

 Otras veces, me olvido de quererte. La costumbre,  la seguridad que da la pareja hace que no lo ponga en primer lugar y encuentre otras cosas más importantes que quererte. Por supuesto que te quiero pero está establecido que es así y no tengo que esforzarme en quererte ni tampoco en demostrarlo porque vos sabés que te quiero o por lo menos lo intuís o te da lo mismo.

Esta indiferencia la noto pero me importa poco, no siento que corramos riesgos y siempre está la posibilidad de arreglarlo con un par de –te quieros– que si bien los teníamos olvidados como sentimientos, no nos resulta difícil ni extraño pronunciar las dos palabras que tranquilizan al otro y recomponen el equilibrio de la pareja.

Te quiero significa, –te quiero para– . Es una palabra que implica pertenencia, si no te tengo, no te quiero.

Muy distinto es decir –te amo–. Tiene otro significado. Te amo es más comprometido, más romántico pero con una intensidad que abruma cuando los escuchas del otro. No sabés que responder.

Te amo es mas allá de toda realidad, puedo amarte aun cuando no estés, aunque me hayas dejado por otro hombre, aunque seas una asesina, aunque hayas incendiado la casa. Mas allá de tus errores y tus fallas, te amo.

¿Te amo?. Que difícil es esta definición. Cuando  visitas  a tu madre o  vas con tus amigas al shopping, ¡No!.

Si pasan más de quince días, –nunca sucedió–. Podrías. Si sucede  imagino que un poco te extrañaré, me gustaría experimentarlo. Si te extraño significa que te amo. También que te quiero porque después de tantos días la casa sería un desastre.

No quiero avanzar con esto de que te amo o no te amo porque es meterme en un berenjenal que me costaría salir indemne.

Sigamos con el –te quiero–, me siento más cómodo, puedo ir y venir sin consecuencias. La semana pasada, ¿te acordás que fuimos a cenar a ese restaurante en Olivos?. Esa noche te quise, la comida estaba muy buena, el vino excelente. Nos bajamos la botella y eso me animó a quererte.  Me parece que a vos también te pasó lo mismo. Mejor no me lo digas.

La conversación se está extendiendo demasiado y me parece que llego Matias

Matias

Hace una hora que llegué y ni se dieron cuenta. ¡Siempre hablando pavadas!.

¿Me querés o no me querés?. Son dos boludos pero tiernos, por eso los quiero.

No siempre, a veces me da ganas de matarlos. Es una expresión, tampoco tengo armas en mi cuarto.

Cuando vuelvo de la facu y apenas abro la puerta me preguntan ¿Cómo te fueee?

¡Déjenme llegar!. No me dan tiempo de quererlos. Cuando se me pasa el mal humor los quiero, medio obligado, son los padres que me tocaron.

Cuando mamá me cocina algo rico, la quiero. Cuando papá me presta el auto, lo quiero. Cuando no me rompen las pelotas, los quiero.

Por distintas razones en esta casa nos queremos. No abusamos del sentimiento pero cuando es necesario, yo los quiero y estoy seguro que entre ellos también se quieren. Salvo cuando vienen de visita las abuelas. ¡Qué manera de no quererse!

Las abuelas son jodidas, ellas nos quieren pero a su manera. Son selectivas en su forma de querer. La abuela Rosa no soporta las comidas de mamá. Cuando las prueba lo mira a papá , ¡te lo dije!, parece decirle.

 La abuela Sofia, más directa, le pregunta a mamá, ¿terminaron de pagar el auto?, –si se atrasaron no cuenten conmigo otra vez.  No se cuida en bajar la voz la señora.

En esas situaciones tanto mamá como papá y yo nos aliamos en no quererlas. Pero son las abuelas y a veces me tiran unos mangos o me consienten con alguna cosa que les pido. ¡Las tengo que querer!. No me queda otra.

Yo hace un tiempo que estoy de novio y mi stock de querer lo estoy utilizando con Fanny. No es que se me gaste pero con ella paso momentos lindos y cuando llego a casa ya no tengo más ganas de querer a nadie.

A Fanny no solo la quiero sino que la amo pero a veces me pone cara fea cuando en lugar de estar con ella prefiero ir a jugar a la pelota con mis amigos. Me cuesta reconocerlo pero en eso me parezco a mis padres, en ese momento no la quiero. Son situaciones confusas, pienso en lo peor, hasta en romper la relación. Mis amigos son sagrados y a ellos los quiero siempre, no hay momentos en que no los quiera.

En fin, esto de querer es demasiado agotador, no quiero vivir obligado a querer, a veces suena como un latiguillo, una manera de tranquilizar al otro o a la otra.

Si me pregunta –¿Vos me querés?–. ¿Qué voy a responder? Si, te quiero. Pero…

La abuela Rosa

¡Ay, esta juventud!. En mis tiempos ni se me ocurría decir te quiero. Estaba establecido. No decíamos te quiero frecuentemente, es una costumbre que adopté cuando llegaron mis nietos. A mi marido, que en paz descanse, le dije te quiero un par de veces. Creo que cuando me dió el primer beso y cuando nos casamos. Él sabía que lo quería y ahora que lo pienso tampoco nunca me lo dijo.

Cuando era chica en mi casa nunca se decía –te quiero–. A mi vecina de al lado los padres le decían –te quiero– pero después le daban unas palizas que la dejaban llena de moretones. En fin, decir –te quiero– ayuda. Me gustaría que mi hijo alguna vez me lo dijera y mi nieto también. De mi nuera no lo espero, gracias que no me diga, –la odio–, si hasta me trata de usted. Una manera de tenerme lejos. Yo tampoco la quiero.

Debería empezar a decir –te quiero–. Quizás con mi hermana, “estamos tan alejadas”. Heredamos las costumbres de mis padres y abuelos, ¡eran duros!. Como todos los inmigrantes. Sí, la voy a llamar a mi hermana y le voy a decir que la quiero. Espero que no se enoje.

Abuela Sofia

En mi casa nos decíamos te quiero a cada rato. Que Silvina no le diga te quiero a Daniel –por algo será–. A Matias tampoco se lo dice, es que la madre los acostumbró como a ella la criaron. ¡Gente bruta!, El que hayan sufrido por tener que dejar su país no los justifica. ¡Tanto cuesta decir te quiero!. Mi marido me lo decía todo el tiempo. Era muy cariñoso. Hasta que un día me dejó y se fue con la vecina.

¡Te amo!, escuché que le decía el turro. –A mí nunca me dijo te amo–. Pero estoy segura que me quería y yo también a él. No siempre.

Por algo yo me resistia a decirle te quiero, me la veía venir. Tal vez si le hubiera dicho te quiero mas seguido no me hubiese abandonado.

Desde que me dejó no pude querer a nadie. Solo a Daniel y a Matias. Me esfuerzo por decirles –te quiero–.

A ellos no les sale un “yo también, abuelita”, –por algo será–.

Él

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Ella

Ella se mostraba sensible a los halagos. Se perturbaba cuando a pesar de ser pequeña la reconocían como si fuese grande. No le gustaba presumir, sabía que su destino sería de grandeza, que alcanzaría lo que se propusiera aunque para hacerlo tuviese que esforzarse, sobresalir y sobre todo plantarse ante la adversidad.

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Cuando se lo proponía se abría paso si el objetivo valía la pena. Muchas veces recurría al  engaño, se acurrucaba para verse indefensa pero al menor indicio de debilidad se erguía desafiante, mostrando todo su esplendor, logrando que su ocasional adversaria claudicara ante su majestuosidad.

Siempre atacaba de frente, salvo que las circunstancias la obligaran. No era su estrategia preferida ya que segura de vencer, la retaguardia se rendiría ante ella después de haber terminado su tarea.

En su juventud no había presa que se resistiera a sus encantos. Segura de sí misma, se mostraba frágil pero atenta a cualquier incursión que su ocasional contrincante intentara sin que estuviese preparada. Mostraba una debilidad que al momento de la cercanía se manifestaba como un huracán de placer que hacía sucumbir a la mas experimentada. No se trataba de una pelea, era una competencia feroz donde hacía gala de sus encantos y su experiencia para que su ocasional adversaria acabara exhausta.

Fueron años, décadas intensas. Alguna pausa obligada para reponerse pero siempre atenta. Al principio no distinguía entre lo apetecible y lo ocasional. Mas adelante se volvió exigente intentando con éxito los desafíos más arriesgados.

Durante ese tiempo nada le resultaba imposible, ni aun lo que le pertenecía a otros que contaban con armaduras superiores.

Su estrategia funcionaba a la perfección aunque algunos fracasos quedaron para siempre en su memoria, deudas pendientes que nunca pudo cobrar.

Con el paso del tiempo su instinto permanecía intacto pero ya no contaba con la reacción inmediata. Por más que lo intentaba, sostenerse erguida y amenazante por un tiempo prolongado le resultaba imposible por lo que fue acumulando fracaso tras fracaso.

Los años pasaron, ya nadie la elogiaba ni le brindaban el cariño que supo cosechar. Intentaba mostrarse eficaz como si estuviera parada firme como un soldado de guardia. No le duraba mucho, el tiempo había hecho su trabajo. Se sentía derrotada.

Ya no le quedaba alternativa que evocar sus mejores momentos. La asaltaban deseos de combates ya vividos donde la lucha se encadenaba con un frenesí de placer que al recordarlo su cabeza se turbaba como si estuviese a punto de explotar. Luego reflexionaba, ese no era el camino, debía retomar la lucha por sobrevivir.

El instinto la guiaba nuevamente a confiar en la estrategia que le aseguraría cumplir su cometido una y otra vez. aun cuando las circunstancias fueran adversas. Y lo eran. Sus argucias ya no surtían efecto, las trampas que en otro tiempo le resultaban, no funcionaban. De vez en cuando lograba atrapar una presa fácil, las que no requerían hacer uso de su estrategia tan efectiva cuando era más joven. No habría retorno.

El tiempo implacable destruye todo a su paso y ella no sería la excepción. Por más que lo intentaba las caídas superaban los esfuerzos por levantarse.

Una noche cerrada, presagio de su futuro, sintió  una caricia consoladora, familiar. Una mezcla de placer, de éxito y fracaso la envolvió.Con un último aliento logró  derramar la última lágrima y con ella la vida se fue apagando lentamente.

Sueño

Soñaba un lago, amplio, profundo, azul. Lo presintió voraz, dispuesto a absorberlo por el solo hecho de atreverse a soñarlo.

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El sueño lo obligada a aceptarlo como su refugio final. Una manera de hacerse inmortal, de transformarse en un habitante marino como lo había deseado cuando era niño. Una fantasía que había soñado otras veces y que lo remitía al principio de los tiempos cuando las primitivas especies solo habitaban profundidades liquidas.

El lago era imperfecto en su forma, ni cuadrado ni circular, irregular. Esta sinuosidad embestía su idea de la simetría. Las formas que tuviesen dificultad de ser dibujadas aumentaban su obsesión por las medidas perfectas, precisas e infalibles.

En ese lago navegaba un ser armonioso que prescindía de una embarcación, un bote, ni siquiera de un trozo de madera que lo mantuviese a flote. Detrás de él una figura difusa lo envolvía dándole un aspecto celestial o quizás siniestro.

Lo invitaba a sumarse a su periplo, a adentrarse en el agua cristalina, a sumarse a su delirio marino. Dudaba. El sueño no le dictaba esa travesía, solo la contemplación.

Aun así se encontró sumergido acariciando los juncos que crecían alrededor de la costa anunciando el comienzo de una profundidad desconocida. Se adentró en la oscuridad. Los rayos de sol rebotaban en la superficie y solo se animaban unos metros iluminando a las especies acostumbradas a deambular aguas arriba. Sospechó que sus ancestros, más osados, lo hacían ansiosos de encontrar un destino de tierra firme y de evolución. Así habría sucedido o tal vez un  creador, fatigado de vagar sin rumbo por el universo, haya sido responsable del surgimiento de seres inteligentes.

Se apartó de esas cavilaciones y continuó sumergiéndose hasta el fondo del lago desde donde tomó impulso para regresar a la superficie y nadar hacia la orilla segura.

Cambió de posición en la cama, se revolvió inquieto tratando inconscientemente de liberarse del sueño. Los parpados se negaron.

Esta vez soñó una pradera. Una llanura infinita tapizada de grama que ofrecía un verde perfecto y armonioso, similar a la  superficie del lago que acababa de soñar.

La extensa sabana, perfecta en su simetría, auguraba un largo viaje que se extendería más allá de lo que su vista podía distinguir.

A lo lejos unas elevaciones sugerían montañas, tal vez cordilleras. Imposible decidir por alguna de las dos opciones. Un jinete, montado en un caballo de color indefinido lo invitaba a compartir la silla. Esta opción lo obligaría a cambiar la suavidad del agua por la solidez de la tierra. Esta vez su destino estaría asociado a la madre desde donde surgía y habitaba todo lo viviente. Con solo pensarlo la idea de la oscuridad profunda y eterna lo aterraba. Imaginar su cuerpo integrado a la tierra, devorado por ella, no lo tentaba como su eterno descanso.

Se encontró cabalgando montado en la silla que el extraño le había ofrecido. Pero. El jinete se había esfumado. Solo las riendas esperaban sus manos para conducirlo a quien sabe que labor encomendada y con qué objetivo.

Alcanzar las montañas  sería su quimera o la escala de un viaje trágico o un renacer imprevisto. Sería una cabalgata eterna o fugaz.

Cambió nuevamente de posición, sus ojos cerrados apuntaban hacia el techo de la habitación en un intento vano de abandonar el sueño.

Esta vez la imagen fue de una negrura profunda salpicada de luminarias que parpadeaban invitándolo a integrarse a una singularidad remota y tentadora.

Una figura similar a un cuerpo humano flameaba refulgente, imprecisa. Lo convocaba a compartir su destino de vacío y soledad.

El espacio atravesaba su humanidad dándole una entidad nueva. Se dejo llevar por los pliegues sinuosos, brillantes, voraces. Era lo que había soñado cuando soñaba despierto. Una nueva realidad. El infinito postrado a sus pies invitándolo a conocer lo desconocido para todos los humanos.

Eligió esta opción más desafiante. Un futuro tan incierto como apetecible. Un destino de espacio y tiempo inexpugnable y desolador. Una decisión que estaba dispuesto a tomar. Aquella que soñó una y otra vez. Una pradera invisible donde la esperanza seria la búsqueda del agua que alimentara la vida.

Abrió los ojos.

Trayecto

Conducía por la ruta trazada con destino incierto. ¿Como todos lo hacemos?. Se preguntaba.

Las luces de los faros se reflejaban en el asfalto oscuro. El motor ronroneaba con una cadencia constante.

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