El Ayudante
El tránsito por el túnel fue más difícil de lo que había previsto, cargaba con la urgencia de emerger por la escotilla para aspirar el aire que mis pulmones necesitaban para sobrevivir. A medida que avanzaba mi cuerpo se iba adaptando a los contornos facilitados por el revestimiento gelatinoso del traje. Al límite de mis fuerzas logré asomar la cabeza. Un ayudante, mucho después supe que asistía al principal a cargo, logró que emergiera el resto del cuerpo. Resolví mi angustia en un grito que los presentes festejaron como si su felicidad fuera inversamente proporcional a mi dolor, no me resultó agradable.
Sopa de Letras
Llegué agitado, sostuve la manija de la puerta para no caerme y entré. Sus ojos asomaban por detrás de las tapas duras del libro, la mirada fría reprobaba mi llegada tarde, una costumbre que no podía dominar, esas taras que uno arrastra de chico, una carga genética que nos hace confrontar entre el deseo y la acción.
Otro del libro
¿Usted que piensa?
-Hacé lo que quieras Tiburcio, tu mamá ya no está y es tiempo que busques tu propio camino, yo ya estoy viejo y tu hermana me ofreció ir a vivir con ella a Neuquén.
Para Tiburcio López fue un alivio, los últimos diez años los había dedicado al cuidado de su madre enferma y la opción era quedarse en la casa para hacer de carmelita cuidando a su padre o decidirse de una vez vivir solo. Consiguió un pequeño departamento tipo casa en el barrio de Liniers, enfrente de la plaza a la que los vecinos llamaban “la plaza del monito”.
Matricidio
Matar a una persona no es tarea fácil, requiere coraje, sobre todo, si se trata de un ser querido. El asesinato puede ser premeditado o producto de la ira que provoca descubrir una traición. En mi caso me guía un motivo superior para perpetrarlo. Anticiparse al deseo de matar, sabiendo que en algún momento surgirá el instinto criminal, es un privilegio, una ventaja para no cometer errores.